De jóvenes trans a juventudes trans… ¡Somos más que hormonas!

jessica marjaneRecuerdo cuando me acerqué a una de tantas activistas trans reconocidas de la Ciudad de México. No fue grosera, no me insultó, su trato hostil fue tan políticamente correcto que ni lo noté. Puedo decir que en algún momento me intimidó su presencia, su seguridad; su lectura del mundo me sorprendía, pero su poca empatía era una desilusión. Me preguntaba cómo alguien que va con la bandera trans podía colaborar con un sistema corrupto y que no emancipa a mujeres trans; sólo las saca de un medio precarizado y las inserta en otro. ¿Cómo en espacios donde se apuesta por la no violencia la violencia es una realidad y no se denuncia por el miedo y la impunidad? ¿Cómo defiendo mis derechos? ¿Existe una sola forma de hacer activismo? ¿Qué necesito para defender, exigir y ejercer mis derechos? ¿Alguien tiene que amadrinarme o apadrinarme? Esto me preguntaba a finales de aquel año 2012 con 20 años de edad.
 
Soy de la generación de jóvenes y un pueblo organizado que encabezaron un movimiento nacional: #YoSoy132. Mi posición crítica frente a la partidocracia se generó desde ese momento. Vivía dos transiciones. Mi cuerpo se transformaba a la par del país; mi tratamiento de reasignación hormonal se conjuntaba con el tema de las elecciones de 2012. Sí, cuando Peña Nieto y su estructura necropolítica y cínica llegaron al poder.
 
Los espacios de participación y movilización social fueron fundamentales. Escuchaba y cuestionaba las consignas en las marchas, en las asambleas en mi escuela y en las calles. Mi madre siempre me impulsó no sólo con su apoyo incondicional; me alentaba a ir a las marchas, a defender mis derechos. Mi mamá, una orgullosa trabajadora, obrera y mujer sobreviviente de violencia que heredó; me heredó el sentido de dignidad y empatía frente a lo que pasa en nuestro país.
 
Marchar al lado de miles y miles de personas me hizo transversalizar y saber que las luchas de “las minorías sociales” son las luchas de todo un país. Reconocí que así como era necesaria la lucha trans, es necesaria la lucha por los derechos laborales, el derecho al territorio, a la identidad de los pueblos originarios, la lucha de las trabajadoras del hogar por percibir un salario, el rescate de nuestros espacios públicos, la lucha feminista, el derecho a decidir sobre nuestras corporalidades y la lucha de las juventudes.
 
Partimos de un sistema político, económico y social que legitima desigualdades y aquella experiencia con la compañera trans activista me confirmó que el hecho de reconocernos entre pares, en este caso como mujeres y como trans, no exentaba que existieran otras formas de obstaculizar derechos, como replicar el trato desigual e incluso colaborar con un sistema corrupto.
 
A finales de ese mismo año me encontré con un cartel de “Transmisión Vocal”, un coro de mujeres lesbianas, bisexuales y trans. El lesbofeminismo y sus cuestionamientos entraron en ese momento en mi proyecto de vida con la banda lencha. Mi voz ha sido una herramienta que toda mi vida me ha evidenciado, me delataba y la gente inmediatamente me percibía como el “puto”, “el maricón” y cuando transicioné la entrené para llegar a mi tono de ahora; contestatario, con una textura suave y sólida. En ese momento encontré mi lugar, reflexionaba con otras mujeres en un coro mientras conocía de ellas y me reconocía entre ellas. Aquella experiencia del trato hostil se desdibujaba. No pretendía dedicar mis fuerzas a esa mala experiencia puesto que en mi casa siempre he recibido apoyo y herramientas para enfrentar los diversos matices del mundo. En ese espacio de voces, de escucha activa y de reconocimiento entre mujeres que elevaban su voz en un coro, generé una idea vigente: ¡Existen muchas otras formas y espacios para defender nuestros derechos!
 
Comencé a escuchar las historias de lucha de las compañeras feministas. De las compañeras lesbianas y activismos diversos que emergían. Asistía a foros, a talleres, a ponencias y me involucré en distintos programas de formación en derechos humanos y decidí que el Derecho era la licenciatura que quería estudiar como una herramienta para analizar e incidir en el acceso a la justicia de las personas trans.
 
Ahí no acaba todo. Entre las muchas cosas que soy, soy joveN. ¿Eso qué significa? He escuchado frases cargadas de prejuicios y estigmas hacia las personas jóvenes y en especial hacia jóvenes trans. Las encarno como muchos jóvenes trans con los que día a día convivo. “La tienen más fácil”, “deberían de agradecernos por los derechos que tienen”, “qué ingenuas son y se dejan manipular”; o por otra parte el lado perfumado: “empezaste muy joven, no tienes que quejarte ”, “ya lo tienes todo”…
 
No confundamos, no es una guerra jóvenes contra personas trans adultas. No queremos replicar la lógica de competencia y violencia. Queremos reflexionar y evidenciar las prácticas que nos obstaculizan nuestro derecho a defender derechos humanos, de acceso a la información, memoria, verdad y justicia. Y por otro lado reconocer que el derecho a vivir en un espacio libre de violencia, a la identidad y al libre desarrollo es el que primero se nos violenta a la gran mayoría de personas trans durante los primeros años de vida y por la propia familia.
 
Replicar un sistema adultocéntrico en los activismos es un cáncer; es decir, que la voz, la toma de desiciones, las reflexiones y toda la participación política sea exclusiva de personas adultas. ¡No queremos tutela! Como personas trans venimos de un sistema que constantemente está cuestionando nuestra propia percepción, queriendo aprobar nuestra identidad y nuestras decisiones sobre nuestro cuerpo. Queremos platicar y conversar par a par, compartir conocimientos sin que vaya explícito el mensaje de “tú aprendes (te callas) y yo enseño (yo hablo)”; partamos de la educación popular y memoria histórica trans colectiva.
 
Es necesario dimensionar que en el pasado el ambiente fue aún más hostil, pero eso no significa que las violencias persistan. En la Ciudad de México ser joven representa tener entre 12 y 29 años, según la Ley de los Derechos de las Personas Jóvenes, y es un presente de miles de personas. Ser joven va más allá de una condición etaria, es una construcción social que gira en torno a esta condición. Hay que desmontar la idea de que la tenemos más fácil. Las personas trans que transicionan desde jóvenes o se percibe en la infancia que su expresión no corresponde a la dictada por la sociedad, son violentadas en su hogar y cuentan con menos herramientas para enfrentar los desafíos del mundo.
 
Los actos más severos de “corrección”; es decir, todas las conductas y maltrato psicológico para ser “hombrecito o mujercita como Dios manda” son parte de un ambiente violento que persiste en la educación en casa y colegios de todos lxs niñxs. La desinformación sobre la sexualidad, la identidad y el minimizar el ejercicio de derechos y libertades, es el síntoma de una cultura que legitima la violencia sobre los cuerpos, limitando el conocimiento de los derechos sexuales y reproductivos, la autoexploración y un libre desarrollo de la personalidad. Esto genera angustia, depresión y persecución en infancias trans, incluso en niñxs en general.
 
Las transiciones de infancias y juventudes trans son más visibles hoy no porque no sucedieran antes, sino porque las redes sociales y el Internet son una herramienta donde la información fluye continuamente y con un acceso más amplio.
 
Un segundo paso es erradicar la idea de que las personas jóvenes nos enunciamos jóvenes porque queremos desplazar o decirle inservible a una persona adulta.
 
Ser joven también es enunciarse como sujetx de derechos, es hacer visible que tenemos situaciones específicas que obstaculizan nuestra dignidad doblemente. Por ser trans y ser joven no me contratan en un empleo, en los centros escolares alumnxs y directivos nos violentan, nuestras denuncias son minimizadas u omitidas, nuestra voz no se escucha en espacios de participación política, se nos tutela en los centros de salud y demerita nuestra capacidad para asumir nuestra identidad desde temprana edad, la criminalización de la protesta también es una constate y, por último, las cifras son las que evidencian todo esto; México no sólo ocupa el segundo lugar en crímenes de odio hacia personas trans según la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, la expectativa de vida de personas trans es de menos de 35 años; es decir, que el derecho a la vida y algo tan fundamental de generar o tener como un proyecto de vida se obstaculiza desde la juventud.
 
Es por eso que nos enunciamos como juventudes, juventudes trans porque partimos de la diversidad de vivirnos jóvenes y trans al enunciar nuestra identidad, lo cual implica un devenir muy específico que tiene que dirigirse hacia una igualdad sustantiva y real.
 
Generar diálogo intergeneracional e institucional requiere de disposición y de formación política.
 
La formación política de las juventudes es un paso a la emancipación de las personas trans y el ejercicio de una ciudadanía integral. Partir de la diferencia de condiciones y llegar a una igualdad de oportunidades.
 
Urge detener la hostilidad en los espacios. Sí, dejar de hacerlos tóxicos. Emancipar a las juventudes no es decirnos qué tenemos que hacer, es facilitar herramientas para que sea posible no depender sino ser parte de dinámicas que apuesten a la dignidad de generaciones futuras y presentes, y garanticen la memoria histórica.
 
Ya llegó la hora de apostar por nuevas formas de hacer política. Tenemos la capacidad de irrumpir en las estructuras establecidas, hagámoslo también denunciando este Estado que ha sembrado a nuestro país en una fosa donde no solamente hermanxs trans están sepultadxs, sino mujeres en manos feminicidas o por no acceder a un aborto seguro, por nuestrxs compxs estudiantes asesinados por las autoridades que no investigan, por las balas que silencian a defensoras y defensores de derechos humanos y periodistas. Irrumpir también en este sistema en el que los partidos políticos dejen de someter nuestros derechos a sus intereses y dejen de vernos como futurxs votantes.
 
Romper las fronteras del miedo es abrir paso a defender la alegría y organizar la rabia hacia una vida digna en colectivo. Hablar de miedos, incertidumbres, compartir alimentos, celebrar, llorar, abrazarnos y reflexionar ha sido un paso para que jóvenes comencemos a reconocernos entre nosotrxs y aliadxs adultxs con diversas luchas y condiciones, que han sido parte fundamental de nuestro andar en esto que llamamos activismo; una forma de ejercer nuestro derecho a defender derechos humanos, a defender nuestro derecho a construir un nuevo mundo porque el que nos impusieron no nos alcanza para sonreír.
 
Somos jóvenes, somos juventudes.

Autor entrada: Jessica Marjane Durán Franco

Defensora de Derechos Humanos | Fundadora de la Red de Juventudes Trans | Asesora Jurídica LGBTI